THE LIGHTHOUSE (El Faro)

Reconozco que nunca me han atraído los mares ni nada relacionado con ellos, ni los barcos, ni los puertos, ni el mismo Poseidón (o Neptuno, según mitologías). Los faros  tampoco son santo de mi devoción (voy a exceptuar el de Biarritz, que me atrae y no sé por qué). Pues bien, había algo en esta película que me atraía enormemente, y tampoco sabía el porqué: ¿las críticas?, ¿el que sea calificada dentro del género de terror?, ¿la alabada actuación de los dos (únicos) protagonistas? Así que allí fuimos, a ver una película en blanco y negro sobre un tema que no me atraía pero que me intrigaba enormemente.

El argumento es sencillo, a priori: dos fareros (el jefe, Willem Dafoe, en el papel de Tom Wake, y su ayudante, Robert Pattinson, como Ephraim Winslow) relevan a los anteriores fareros en un faro mar adentro en la costa de Maine, en el siglo XIX. Las condiciones son muy duras, pero la paga debe ser buena y, en principio, sólo tienen que permanecer en el puesto durante cuatro semanas.

Nada más llegar, Ephraim se entera de que allí no se siguen las reglas del manual, sino las que impone su oficial al mando, que es quien tiene el privilegio de cuidar de la luz del faro, sin turnos, ni discusión. Tampoco hay discusión en ninguna de las tareas que le toca hacer a Ephraim, como mantener la máquina en rotación a base de carbón, que tiene que acarrear desde lejos, vaciar los orinales, limpiar todo y obedecer en todo. Vamos, un ama de casa sin voz ni voto. Pero Ephraim sólo quiere ahorrar un poco para tener su propia casa, y aguanta todo con tal de sobrevivir a ese corto (¿?) espacio de tiempo. Hasta aquí todo parece normal, pero pronto nos damos cuenta de que hay algo más, y no se sabe si ese algo más, real, fantasmal o mitológico, tiene que ver con la realidad o con las alucinaciones que produce la soledad, y ese algo más se va apoderando de la mente de los personajes, y así comienza su descenso a los infiernos.

La ambigüedad que va percibiendo el espectador se va mezclando con la dura realidad que van viviendo los dos protagonistas, y todo el proceso acaba convirtiendo a El Faro en un thriller psicológico que te hace alegrarte de no estar en el mar ni de vivir en el siglo XIX.

Nunca un faro fue tan claustrofóbico, húmedo, frío y sucio como el de esta película, y nunca pensé que esa claustrofobia, humedad, frialdad y suciedad se pudieran sentir en una sala de cine tan limpia y calentita como en la que estábamos. Al final de la película, nuestra conclusión fue: hemos visto una gran película, pero no nos ha gustado ni la vamos a recomendar, porque tardaremos bastante en recuperarnos de esa humedad, tristeza y frialdad que nos ha invadido durante la proyección.

El tándem protagonista lo hace excepcionalmente bien. De Willem Dafoe cabía esperar, pero lo que me sorprendió fue la increíble actuación de nuestro vampiro favorito, Robert Pattinson, en un papel duro y desangelado, que en muchos momentos me recordó al de Joaquim Phoenix en Joker. La verdad es que tanto la actuación, como la puesta en escena y la fotografía (no olvidemos que la película es en blanco y negro) son magníficas, y que el guionista y director, Robert Eggers, ha conseguido lo que quería: trasladar al espectador la deriva de unas personas hacia la locura cuando las condiciones de la naturaleza, implacables, quieren. Desde luego, la falta de esperanza de los dos protagonistas no deja lugar a dudas: realidad y locura pueden convivir, pero sólo durante un tiempo.

Gran película, pero sólo apta para cinéfilos curtidos. Abstenerse los demás.

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